2CV1

-La Primera Dama- leo en la parte superior de la pantalla de mi teléfono celular y cambia mi estado anímico. Son escuetos mensajes de texto, sólo un saludo, algunas preguntas sobre lo que hago y me cuenta algo suyo muy breve. Yo sólo le respondo y también me preocupo por saber de su vida, pero es ella quien decide cuando comienza y también cuando termina nuestro diálogo a la distancia.
Nunca tomo la iniciativa para no ser inoportuno. Sucede que ha veintiocho años desde nuestra separación no habíamos tenido contacto alguno, hasta ocho meses atrás.
Una vez más se agita el teléfono celular y sobre la pantalla aparece – La Primera Dama –, más abajo dice: “La próxima semana viajo. Besos”. –Te espero. Besos- Le respondo.

Leo una y otra vez sus mensajes y los guardo hasta que la capacidad de memoria del teléfono me solicita más espacio, y espero ansioso leer de nuevo en la pantalla la denominación con la que registré su número: La Primera Dama. ¿Porqué no haberlo hecho con su nombre propio?, por un juego de palabras que encierra un enigma de fácil deducción, y porque ella fue mi única novia.
Transcurrieron ocho años, desde la adolescencia hasta el umbral de la adultez que no tuve, cuando di por finalizada nuestra relación para ir a los brazos de una mujer casada.

Cada mensaje de La Primera Dama me genera un estado de felicidad, y también de ansiedad ante la lejanía física. Llegan una o dos veces por semana o se retrasan varios días en un sutil juego de seducción. La espera me consume aunque no se lo diga. Ella no debería conocer en profundidad mis sentimientos, aunque lo hemos hablado y somos consientes que, pese al paso de los años, aún nos queremos mucho.
Sólo cuatro mujeres dejaron sus improntas marcadas a fuego intenso en mi corazón. Sólo cuatro quedaron arraigadas para siempre en mis sentimientos y en mis buenos recuerdos…, una de ellas es La Primera Dama.

Un tarde con el sol muy bajo, casi sobre el horizonte, sellamos nuestra promesa de amor sentados en un banco de la plaza, ella tenía catorce años y yo diecisiete, y hacía dos que nos gustábamos, pero yo tenía una noviecita de las que se tienen en los albores de la adolescencia, y la endeble relación se había cortado.
Aquel cálido atardecer de enero nos tomamos de las manos y nos dimos un suave beso, apenas rozamos nuestros labios, y desde entonces comenzamos a construir una relación que pudo haber terminado en boda si yo no cambiaba de rumbo.

Los padres de entonces, principios de los setenta, eran muy severos y celosos de sus hijas. No las dejaban mucho tiempo solas y jamás podían regresar de noche a sus casas. Para pasar un ratito juntos realizábamos una movida ajedrecística y de arrojo, que no hacía otra cosa que darle mayor consistencia a nuestro amor.
Nos encontrábamos por medio del mensaje de alguna amiga si los padres habían salido hacia tal o cual lugar. Eran sólo minutos a la tardecita en la plaza, o con la excusa a sus abuelos de algún mandado. Cuando mejor lo pasábamos era en algún cumpleaños de quince, o en el cine cuando una señora vecina suya la invitaba como gesto cómplice con nuestro romance.
La película no tenía importancia para nosotros, podía tratarse de una comedia o de una tragedia, daba igual, sólo estábamos allí para tomarnos de las manos y sentir ese intercambio de calor que agitaba nuestros sentidos. La palabra FIN sobre el celuloide indicaba también el final para nuestro encuentro y el comienzo de la incertidumbre de saber cuándo volveríamos a vernos.

La perseverancia y el crecimiento de nuestro amor tuvo sus frutos pasado poco más de un año, sus padres aceptaron que la visite en la puerta de su casa, sin entrar, en la vereda o en el auto, no más. Era poco, pero al menos cada fin de semana estábamos juntos y ya no teníamos que esperar el esquivo momento.
Una vez más vibra el teléfono móvil: "Llego el martes a las 9, esperame en tu casa" -, escribió, y le respondo: "Ok, besos".
No tenemos una fecha exacta de cuando comenzó el acercamiento que hoy nos une, pero hace dos años y en mi ausencia, una mujer pidió mi número de teléfono en uno de los lugares donde trabajo. Dijo que era mi prima y que quería comunicarse conmigo. Nunca lo hizo.
Me aclaró La Primera Dama que fue una amiga suya y que le entregó el número para que me llame, pero ella no se animó por miedo a mi rechazo.

Creo que el inicio de esta un poco loca relación, fue el encuentro casual que tuvimos un frío y gris día de junio en pleno otoño, cuando ella salió de un local en el momento preciso en que yo pasaba por el lugar…, se paró frente de mi y con la sonrisa que siempre recordé me dijo: ¡Hola!, ¿cómo estás...?
¡Sentí que el piso se abría a mis pies y un tren subterráneo me devoraba!... ¡Fue un instante sublime en el que tuve la sensación de que el corazón se me había detenido para escucharla, y al reconocer su voz comenzó a brincar de alegría dentro de mi pecho!,...
Caminamos una cuadra y media, y nos despedimos sin intercambiar modo alguno de comunicarnos. Cuando reaccioné volví sobre mis pasos a buscarla..., ya no estaba por allí.
Regresé con la angustia de la frustración ante mi falta de decisión para acordar comunicarnos...

Dos meses más tarde desde el fugaz encuentro sonó mi celular sin mostrar la identificación de quien había llamado, sólo se leía: - Sin número -, en clara evidencia que quien llamara no quería dejar sus huellas. Cuando respondí cortó la comunicación. “Alguna que se equivocó”, pensé.
Diez minutos más tarde se repitió y en esta oportunidad dijo que hablaba “una amiga”.
En el tercer intento mantuvimos un diálogo breve. Al día siguiente volvió a llamar y la charla fue algo más prolongada y tuve una sospecha. Un día después ya conocía a mi interlocutora, y desde entonces mantenemos esta rara pero gratificante comunicación.
Cuatro días más tarde nos reunimos en un discreto café céntrico. Hablamos de lo que habíamos callado durante casi treinta años. Me preguntó porqué la había dejado. Le respondí “por inmadurez".

A las dos semanas volvimos a ese local y ya más distendidos convocamos a los mejores recuerdos, algunos de los tantos surgidos de aquellos pasos que dimos juntos conociéndonos, y conociendo lo que era el amor entre un hombre y una mujer. Crecimos como seres y como pareja, sin apuros, dándonos los tiempos para las nuevas experiencias. Fuimos pasión y ternura.
Tuvimos las ineludibles peleas por caprichos propios de la edad, pero La Primera Dama siempre disipó mis berrinches con su innata paz traducida en palabras y gestos cariñosos. Jamás nos despedimos enojados alguna noche. Con una sonrisa y en tono conciliatorio me hacía cambiar el estado anímico y una vez más sentíamos la maravillosa necesidad de permanecer juntos.

En el repaso de nuestra historia no podía faltar el testigo más fiel de aquel romance: el Citroën 2CV.
Vivimos nuestra juventud en una época heredada de otras anteriores más rigurosas, atravesada por la excesiva moralidad que impedían a las parejas besarse en público por pudor, por lo que la noche creaba el ambiente propicio para la intimidad.
El pequeño y económico auto no era discreto para hacer el amor si por el lugar podía pasar alguna persona. Las suspensiones del simpático aparato, demasiado blandas, delataban hasta la más simple escena amatoria que producían un bamboleo de la carrocería y el chirriar de los resortes y barras de los elementos suspensivos.
Ante esta contingencia mecáncia, la alternativa válida era estacionarnos de noche en los solitarios e intransitados caminos que unían campos vecinales.

El ambiente interior lo creábamos mediante la suave música proveniente de un simple pasa-cassettes con dos parlantes comunes. Sin demasiada fidelidad nos envolvía las canciones de Salvatore Adamo, Domenico Modugno, Charles Aznavour o los poemas escritos por fantásticos poetas y grabados con la áspera voz de Roberto Vicario.
Al finalizar el último tema el auto-stop detenía el aparato y nos quedábamos abrazados en silencio para escuchar los sonidos del campo: El crujido de algún molino de viento que al bombear el agua hacia un tanque australiano, denotaba la falta de lubricación. O el lejano mugido de una vaca insomne. El chistar de una lechuza que delataba el movimiento de alguna libre. De fondo siempre escuchábamos los ladridos de los perros, algunos desde el pueblo, otros desde las casas de campo. En noches de verano respirábamos el perfume de los alfalfares en flor.

En la llanura la vista alcanza grandes distancias y a la medianoche, cuando nos estacionábamos, nos rodeaban a lo lejos las luces de los tractores que labraban la tierra. Como nos quedábamos hasta la madrugada, veíamos cuando comenzaban a iluminarse los tambos y encendían sus motores para el ordeñe.
Un espectáculo maravilloso lo brindaban las luciérnagas con sus danzas lumínicas a nuestro alrededor. Si una de ellas se posaba sobre el parabrisas nos iluminaba con un tenue color verdoso fosforescente de su frágil cuerpo.
Cuando la luna brillaba con esplendor, el interior del Citroën cambiaba y acrecentaba la excitación al contemplar nuestros cuerpos desnudos sobre los asientos reclinados. La lluvia también aportaba su encanto con su sonido particular sobre la lona del techo. Los cristales se empañaban y La Primera Dama dibujaba con un dedo corazones con nuestros nombres adentro.

Leo una vez más su último mensaje de texto: “La próxima semana viajo. Besos”..., voy al siguiente mensaje: “Llego el martes a las 9, esperame en tu casa”.
Ambos transitamos en estos veintiocho años caminos erráticos, signados por amores truncos y pasajeros, aunque algunos intensos y profundos. El paso de los años cambia a las personas y las parejas no son las mismas. De nada serviría quedar aferrados al pasado idealizando el presente.
El próximo encuentro será más íntimo, así lo acordamos días atrás, tendremos la oportunidad de saber cuánto perdura de aquel amor.
Nos veremos distintos, sin dudas, los huracanes del tiempo plasmaron sus huellas en mi rostro y en mi alma.
En La Primera Dama las casi tres décadas alzaron una barrera entre nosotros, una fortaleza que sólo en parte hemos transpuesto, porque ese mismo día y unas horas más tarde, cuando nos hayamos despedido del tan ansiado íntimo encuentro, a ella la esperarán en otra ciudad un marido y dos hijos.